Skyffolding, cuento de Fabio Kacero escrito para el texto de la muestra

Translation below


No deberían temer, morir no es lo que la gente piensa. Lo digo así, con soltura (y con la irrefutable autoridad que da la experiencia), porque he muerto recientemente. Es fácil no creer en el alma, ahora lo entiendo mejor, de las cosas que hay, es lo más parecido a la nada. Sin embargo, contra toda previsión, ella quiere volver, volver misteriosamente a confinarse en el angosto corredor de la materia.

No fui sorprendida por la muerte (aunque sí por su circunstancia), supe con certeza que iba a morir. Había visto, cerca del fin, unas cuantas cosas sospechosamente blancas que no solían ser blancas: el perro tuerto del vecino, el aparador de caoba de la casa de mi madre, las alas de una mariposa, el control remoto del televisor, y las aguas del río Luján que se habían puesto como la leche antes de su última crecida. No digo que me resultara familiar ver estas cosas -cosas blancas que le anuncian a uno que le ha llegado la hora -, pero no podían resultar del todo extrañas para una persona como yo, que en vida había estado acostumbrada a frecuentar cuerpos astrales, chakras, sephirots, cristales mágicos, atanores alquímicos, constelaciones zodiacales, mantras -y toda la parafernalia de las fuerzas sutiles que rigen nuestro mundo y nuestros destinos-, como un cirujano frecuenta vísceras o un leñador troncos, o un político, digámoslo, flatus vocis. Recuerdo aún quien fui, pero no sé por cuánto tiempo más podré retener ese memoria. Al cumplir los treinta y cinco años me regalé a mí misma una tarjeta de presentación con letras gofradas en dorado que decía: “Victoria Colmenares - Ritos de iniciación” ¿Cómo llegué a ostentar semejante tarjeta? Para responder eso, deberé recurrir -brevemente- a mi propia historia que, en el incierto estado en que me encuentro, es casi como contar la historia de otro: nací en Córdoba (bajo el signo de Leo, con ascendente en Aries y luna en Escorpio), pero mis padres me trajeron de muy chica a vivir a la Capital. De una casa en el barrio de La Boca pasé a un alto edificio modernista que dominaba una plaza, una torre de ladrillos con un reloj y una estación de trenes. Con diecinueve años, cubierta de trapos hindúes y collares de esferas multicolores, ya estaba retozando en pleno Swinging London, de cuya difusa época me queda la muy dudosa hazaña juvenil de haber pasado una tumultuosa noche de hotel con Pete Townshend, el guitarrista de los Who; aunque es posible –un muerto no se avergüenza- que Keith Moon haya estado presente, también, en esa habitación aquella desapacible velada. Al día siguiente, la inequívoca firma de los rockeros rubricaba la escena; los muebles del hotel estaban tan desfigurados como los parlantes o los instrumentos del grupo después de uno de sus recitales.

Una tarde, caminando por la King’s Road, una vieja tarotista me tiró las cartas. Vio el alto edificio cayendo sobre la estación de trenes, y una inmensa ola que amenazaba con cubrir la torre del reloj. Sentí que la simbólica calamidad que anunciaba la baraja era un aviso, y que debía volver. Después de cinco años de deriva europea emprendí el camino de regreso. Al llegar me dediqué a la pintura, o más propiamente, alterné la pintura con el estudio del tarot que, en aquella tarde inglesa, me había capturado apenas la imagen del arcano veintidós quedó al descubierto sobre la pana negra del puesto callejero. Mis dibujos de aquel entonces tenían más de performática puesta en sintonía con el éter que de pretensiones artísticas; los llamaba hippiectures o, también, panaché de misticolores. Tendía frente a mí una gran lámina en el piso y, rodeada de mis tintas Winsor & Newton traídas de Londres, pasaba largas horas recostada sobre el papel, mientras sonaban cíclicamente mis sicodélicas bandas favoritas de aquel entonces (Gong, 13th Floor Elevators, el primer Floyd, Small Faces). Desparramaba sobre toda la superficie del papel ondas expansivas de color, anks egipcias, iconografías de mis libros de alquimia, ciudades fabulosas, hexagramas del I Ching, palabras del Nemebiax, signos del zodíaco... También pintaba unos paneles largos y apaisados como frisos, en los que figuraba un confuso magma de todo tipo de animales: orgánicos, geométricos, imaginarios, mutantes, mitológicos; frisos que en mis incontinentes juegos de palabras -en español o en inglés- pasaron a llamarse Freezoos. Aún cuando fui invitada por la galería Lirolay para hacer una muestra individual, y aún cuando ese mismo show primerizo tuvo generosas repercusiones en la prensa (incluso el mismo Romero Brest se había acercado a felicitarme, encantado por mis insensatos amasijos de color y mi natural omisión del caballete), el interés por el tarot y después las cartas astrales -la inmersión progresiva en el ciencias ocultas-, relegaron inapelablemente a la pintura y sus trances a unas cajas y a unos tubos que nunca volvería a tocar. Pasaron años de intenso estudio, dedicación y evolución espiritual. El sacrificio rindió sus frutos: me convertí en una prestigiosa gurú de los “ritos de iniciación”, esos que se anunciaban junto a mi nombre en aquella tarjeta de presentación en letras doradas.

En una vieja casa del barrio de Boedo, señalada en la cuadra por una planta de Rosa China y a la que se ingresaba convenientemente por una estrecha puerta y un largo pasillo oscuro, instalé mi primer centro de enseñanza y prácticas rituales. Más tarde, y con un flujo creciente de alumnos y discípulos, me mudé a un primer piso en la calle Reconquista al 900. Desde los extáticos bailes circulares de los derviches hasta la inmovilidad contemplativa de la meditación, desde la inmersión en las aguas bautismales (una bañadera acondicionada), hasta los desérticos ayunos de los ascetas (una habitación cubierta con casi medio metro de arena y paredes pintadas con tenues palmeras y pirámides como vistas desde lejos), la instrucción a la que se sometían mis aprendices abarcaba un variopinto abanico de las más diversas iniciaciones de la tradición ocultista.

La tercer mudanza, que sería la definitiva, fue a una casa quinta a orillas del río Luján heredada de mis abuelos maternos. La propiedad tenía un enorme parque de varias hectáreas que bajaban hasta el río. Apenas instalada mandé a construir, siguiendo con cuidadosa planificación, una serie de pabellones cuya disposición calcaba la constelación de Orión, ideados de forma tal que, al atravesarlos, un aprendiz pudiera recorrer, alegóricamente, la progresiva marcha hacia la luz del conocimiento interior. Esos pabellones fueron sólo el principio de un viejo y ambicioso proyecto que rondaba mi cabeza desde los inicios.

Casi dos décadas después de infatigable labor, el predio de la quinta, se hallaba atestado de extravagantes construcciones; parecía más bien una kermés de los misterios: fuentes, obeliscos, un bosquecillo oscuro, rocas megalíticas al estilo Stonehenge, túneles, laberintos, un puente interplanetario copiado de un dibujo de J. J. Grandville, claustros monacales, ruinas, galerías de espejos, templetes... Extenso y complejo, y de más de un recorrido posible, sólo yo y mis dos discípulos más avanzados, que en ciertas ocasiones oficiaban también de chamanes (Flavio, un ex apostador compulsivo que amaba los caballos y que había perdido toda su fortuna en el juego, y Monique, una francesa de mirada penetrante, ojos delineados en negro y antigua belleza, a quien le gustaba llamarse la reencarnación de Nefertiti) podíamos guiar a los aspirantes por esos arduos caminos.

Ese jardín sembrado de símbolos, esa intrincada escenografía dispuesta para el progreso espiritual, era la coronación de mi carrera, la materialización del sueño de mi vida. El sentimiento de orgullo por la obra realizada incluía el considerarme a mí misma como una pionera: contemplándola desde la terraza de la vieja casona de mis abuelos, me decía con poca modestia: Victoria, has concebido y construido el primer parque iniciático del mundo.

Uno de mis lugares preferidos dentro del parque, era una prominente edificación construida a base de andamios, cuyo diseño seguía mi propia inspiración, y que recordaba vagamente al viejo puente de fierro de La Boca. El aspirante a iniciado entraba vestido por una de sus dos bases (izquierda o derecha) y, a medida que escalaba por sus niveles (negro, rojo, verde, amarillo y blanco) se iba despojando de sus ropas, hasta llegar a la cima, casi diez metros más arriba, completamente desnudo. El ritual culminaba en un salto al vacío. Despojados también de sus identidades, de sus máscaras, de sus posesiones, de sus anhelos; devueltos a su estado natural, al estado adánico, ingenuos sin ingenuidad, puros sin pureza, se arrojaban al figurado abismo para caer sobre una abultada colchoneta (como las que se usan para el salto con garrocha) de la que emergían sanos, y literalmente salvos; vueltos a nacer. Una luminosa mañana de principios de primavera, muy temprano, conducía a un grupo de alumnos por los alegóricos andamios, explicando el objetivo y el significado de la prueba a medida que íbamos trepando. Terminada la instrucción, pedí al grupo que bajara y yo seguí sola en progresiva desnudez hasta la cima. Respirando agitadamente alcancé la parte más alta de la construcción y me paré en el extremo de la plataforma desde donde me arrojaría. Sin nada que lo cubriera, mi cuerpo, acariciado por la brisa matinal, revelaba con cuan poco decoro lo habían tratado la simultánea impiedad del tiempo y la gravedad terrestre. La distancia que me separaba de la gente, que desde allá abajo me miraba expectante, disimulaba probablemente, la infortunada contingencia física que, a decir verdad, poco me importaba.

Inhalé profundamente; una enorme ola de serenidad y bienestar me abrazó. El sol relumbraba en el cielo pero se veía blanco como la nieve. Lo blanco me alcanzaba y yo asentí. En voz baja pronuncié una frase desconocida que subió hasta mis labios: devolverse al vacío en el vientre del viento. Salté.

Antes de tocar la colchoneta ya estaba muerta. Con mi muerte el parque cobró ciertas repercusiones insospechadas: el sitio donde había saltado se convirtió, por ejemplo, para los heterogéneos adeptos de la comunidad de las ciencias esotéricas, en un destino de peregrinaje. Pero no sólo acudió ese publico restringido, también, progresivamente, se fue acercando más y más gente que nadan tenían que ver con el esoterismo. Fue inevitable que detrás de la televisión -que no encontró violenta sangre, pero sí una llamativa muerte y el exprimible jugo de una historia y un lugar insólitos- llegara el desfile aquellos que venían a satisfacer tan sólo una vulgar curiosidad.

Mi ausencia y la masiva y prosaica visita fue suficiente para desvirtuar la verdadera naturaleza de mi obra. Mis fieles discípulos tuvieron que aceptar la afluencia turística por un lucro (se cobraba entrada) que, al menos, permitía solventar los cuantiosos gastos que el mantenimiento de nuestro amado parque iniciático requería. (Una imagen mía con los brazos abiertos –el alfa en una mano y el omega en la otra- como si me estuviera arrojando en palomita desde un alto trampolín, se impuso como la imagen central del merchandising). Para Flavio y Monique y para el círculo más intimo de alumnos, a pesar del dolor, mi partida no significó un hecho aciago; no dijeron: fulminante ataque cardíaco; no dijeron: infortunio; no dijeron: fracaso; por el contrario, mi muerte corroboró a sus ojos la autoridad y legitimidad de una enseñanza. Aquel día, mientras yacía desnuda y sin vida sobre la colchoneta, Victoria Colmenares fue la prueba (¡viviente!) de una verdadera iluminación, que implicaba, la premeditada decisión de separar a voluntad el espíritu eterno que nos anima, de la provisoria y perecedera carne que ocupamos. Otros ojos inesperados se sumaron a las consideraciones sobre mi parque iniciático vecino al río Luján: el arte me reclamó para sí. A caballo entre el Land Art y la instalación, fue definitivamente apreciado por los entendidos como una obra de arte y, al parecer, comparable en importancia y excentricidad a la de un artista escocés que dedicó su vida a hacer de su jardín una romántica evocación de la antigüedad clásica y el paso del tiempo, y a la de un noble del renacimiento quien ensombrecido el corazón por la muerte de su esposa pobló los bosques linderos de su castillo con mitológicas y alucinadas moles de piedra. (En vida nunca los oí nombrar, y ahora, me perdonarán, no recuerdo sus nombres). Como sea, yo no había tenido intenciones de hacer una obra de arte, sin embargo, aún pensando que esta valoración pudiera ser una incomprensión, me resultaba difícil renegar de la imprevista y halagadora manera como volvió a mí un destino personal abandonado. Tengo entendido que en este momento, allá en Luján, se está filmando una película sobre mi vida, pero por lo que me han contado con muchos elementos de ficción: mi juvenil viaje a Europa, por caso, no se omite, pero dista de ser el alocado tour que en realidad fue, para semejarse más a un viaje iniciático incluida una temprana revelación frente a un dibujo de William Blake en la Tate Gallery.

Creo que ya no voy a estar aquí cuando la terminen. En el lugar donde estoy, tal vez el sol (uno supuestamente vuelve al morir al planeta de su signo), una voz reclama mi presencia por un número que tengo en la mano, (otra vez el veintidós); sí, como los numeritos de los turnos en las panadería o en las oficinas públicas. Nos llaman para el regreso, (quiero creer que a la tierra, quiero creer que a la forma humana). Ya me han advertido que debo saltar y que en el salto voy a olvidar las últimas cosas que aún retengo de Victoria Colmenares: la torre de ladrillos con el reloj, la vieja tarotista que decidió mi destino, el dibujo de J. J. Grandville, la vistosa Rosa China, incluso mi nombre y mi parque, incluso los ya borrosos rostros de Pete Townshend y Keith Moon. Sé que muchos juzgarán que todo lo referente al parque y a sus ceremonias y rituales, no era más que una comedia montada, como tantas otras, para sacarle plata a los incautos. No niego que me enriquecí, pero ¿aceptar que todo fuera un bluff? Si me acusan de farsante, deberían admitir, al menos, que la farsa terminó pareciéndose a la realidad: el salto que di desde aquel andamio y el que estoy por dar ahora desde esta altura solar, no son muy diferentes, sólo ocurren a ambos lados –opuestos– de una misma puerta. En vistas de que esa estructura tubular que recordaba al viejo puente de La Boca, donde encontré la muerte en plena caída, se convirtiera con el tiempo en un santuario y en un lugar de peregrinaje (hay otras risueñas anécdotas post-mortem pero ya no me queda tiempo), mis queridos discípulos decidieron escoger para ella un nombre destacado y singular. Como un homenaje y acordándose de mi perpetua afición por los juegos de palabras, reunieron las palabra cielo y la palabra andamio en inglés, y formaron, me parece, un bonito nombre: skyffolding.

Fabio Kacero.


Skyffolding a story written by Fabio Kacero for the press release


They should not fear death, dying is not what people think. I say so with ease (and with the indisputable authority that comes with experience) because I have recently died. It's easy not to believe in the soul – of all the things that exist it is the closest one to nothing. However, against all expectations, she wants to return again mysteriously from the narrow corridor of matter.

I was not surprised by death (but more by the circumstance). I knew I was going to die. Near the end I perceived a few things as suspiciously white that were not usually white: the one-eyed dog next door, the mahogany sideboard of my mother's house, the wings of a butterfly, the TV remote control and the River Lujan water that had become like milk before the last flood.

I’m not saying I found these things familiar (such as white things announcing that my time has come) but they should not be all that strange for someone like me, who in life had grown accustomed to frequent astral bodies, chakras, sephiroths, magic crystals, alchemical athanors, zodiacal constellations, mantras and all the paraphernalia of the subtle forces that shape our world and our destinations. In the same way as a surgeon frequents organs, or as a lumberjack frequents logs, or a politician, let us say, flatus vocis... I still remember who I was, but I do not know how much longer I can keep that memory. When I turned thirty-five years old I gave myself a business card embossed with golden letters that read: "Victoria Colmenares - Initiation Rites". How did I get hold of such a card? To answer this I must turn briefly to my own story (which in the uncertain state I now find myself in feels more like telling the story of another). I was born in Cordoba (under the sign of Leo, Aries Rising and Moon in Scorpio) but at a young age my parents brought me to live to the Capital. From a house in the neighbourhood of La Boca I moved to a high modernist building overlooking a square brick tower with a clock and a train station. At nineteen, covered with Hindu rags and necklaces of multicoloured spheres, I was already frolicking in the middle of Swinging London. From that dubious and fuzzy time I possess the juvenile feat of having spent a tumultuous night in a hotel with Pete Townshend, guitarist of the Who, although possibly (in death I am not ashamed) Keith Moon was also present in that dreary room that evening. The next day the unmistakable signature of a rock scene was present: the furniture in the hotel room was left as disfigured as the speakers or instruments often were after one of their concerts.

One afternoon walking down King's Road an old woman offered me a tarot reading. In the cards she saw the tall building in which I was born falling on the railway station next door, as well as a huge wave that threatened to cover the clock tower. I felt warned by the symbolical calamity of what the deck had announced and decided that I should return to my birthplace. After five years of European drift I took the road back. Upon arrival I devoted myself to painting, or more properly, alternated between painting and the study of tarot. On that English afternoon with the tarotist, I had captured the image of arcane twenty-two, exposed on the black velvet stall of the street. My drawings of that time had more of a performative quality more in line with the Ether than artistic pretensions. I used to call them ‘Hippiectures' or ‘Panache of misticolours'. Tended in front of me a large sheet of paper on the floor, surrounded by Winsor & Newtons inks from London I spent long hours lying on the floor drawing while my favorite psychedelic bands sounded cyclically (Gong, 13th Floor Elevators, the first Floyd, Small Faces). Spilled over the entire surface of the paper were shock waves of colors, Egyptian anks, iconographies from my books on alchemy, fabulous cities, hexagrams of the I Ching, words from the Nemebiax, zodiac signs... I also painted oblong panels and friezes that contained a confusing magma of all kinds of animals: organic, geometric, imaginary, mutant, mythological. The friezes, as a result of my incontinent use of word games in Spanish and English, became known as ‘Freezoos’.

Even when I was invited by the gallery Lirolay for a solo show, and even when this same show had a generous first-time impact on the press (even Romero Brest had come to congratulate me, delighted by my foolish masses of natural color and omission Ridge), my interests in the tarot, then the natal charts and a progressive immersion in the Occult, relegated the paintings into boxes and tubes which I would never again touch. It took years of intense study, dedication and spiritual evolution. The sacrifice paid off: I became a renowned guru of "Initiation Rites”, affirming the title embossed in gold lettering on my business card.

In an old house in the neighbourhood of Boedo, in a block marked by a Chinese hibiscus (you conveniently entered through a narrow passage and a long dark hallway) I installed my first teaching center of ritual practices. Later, with an increasing flow of students and disciples, I moved to a first floor apartment in Calle Reconquista 900. From the ecstatic dances of whirling movements to the contemplative stillness of meditation, from immersion in the baptismal water (an equipped bathtub) to the desert ascetics fasts (a room covered with half a meter of sand and painted walls, wispy palm trees and pyramids as seen from afar) the instruction to my apprentices covered a diverse range of diverse initiations to the occult tradition.

The third move (which would be my last) was to a country house inherited from my grandparents on the River Luján. The property had a huge park composed of several acres leading down to the river. On arrival, I commanded a series of pavilions be built. Their disposition was like the Orion constellation, designed in such a way that an apprentice could allegorically move through them like a progressive march towards the light of ‘Insight’. These pavilions were just the beginning of an old and ambitious project that had haunted my mind since the beginning.

After nearly two decades of ceaseless work on the garden site which, now crowded with extravagant buildings, looked more like an amusement park found in the mysteries: fountains, obelisks, a dark grove, rock-style megalithic Stonehenge, tunnels, mazes, an interplanetary bridge copied from drawings by J.J. Grandville, monastic cloisters, ruins, galleries of mirrors ... The extensive and complex temples with multiple possible paths, were guided by me or my two senior disciples who also officiated at certain times as Shamans (Flavio, a former compulsive gambler who loved horses and had lost his fortune in the game and Monique who had a French penetrating gaze with outlined black eyes and an ancient beauty and who liked to be called the reincarnation of Nefertiti). This garden strewn with symbols and intricate designs was constructed for spiritual progress and had become the crowning of my career: a realisation of the dream of my life. The feeling of pride in the work performed included considering myself a pioneer: Gazing from the terrace of the old house of my grandparents I told myself immodestly: “Victoria, you have conceived and built the first initiation center of the world.” One of my favourite places in the park was a prominent building constructed from scaffolding in my own design; it vaguely remembered the old iron bridge of La Boca. The aspiring initiate entered by one of its two openings (left or right) and by climbing over levels (black, red, green, yellow and white), slowly he would be progressively stripped of his clothes until, arriving almost ten meters up, completely naked. The ritual culminated in a leap into the void. Stripped also of identity, masks, possessions and longings they returned to their natural state: an Adamic state. Disingenuously naive, pure without purity, they threw themselves into the abyss to fall on a lumpy mattress (such as used for pole vaulting) from where they emerged healthy and literally saved, born again. One bright morning in early spring, very early, I was leading a group of students by the allegorical scaffolding, explaining to them the purpose and significance of the test as we were climbing. After the instruction I asked the group to come down and I went alone to the top in progressive nudity. Breathing rapidly I reached the top of the building and stood at the end of the platform from which I would throw myself. With nothing to cover my body and caressed by the morning breeze it was revealed with how little decorum the body had been treated by the simultaneous wickedness of time and gravity. The distance that separated me from the people, who looking up at me expectantly, probably concealed the unfortunate physical contingency that, to be honest, I did not care for.

I inhaled deeply, a huge wave of serenity and wellness embraced me. The sun shone in the sky but it looked as white as snow. This whiteness reached me and I nodded. In a low voice I uttered an unknown phrase that rose to my lips.

I jumped.

Before touching the mat I was already dead.

My death had some unexpected repercussions on the park, for example: the place where I had jumped became for the heterogeneous adepts of the esoteric science community a destination of pilgrimage. Gradually, not only that specific public attended the park: more and more people who had little to do with the esoteric began to visit. It was inevitable that the TV (which found no violent blood, instead a striking death from where they squeezed juice for an unusual story resulting a bizarre place for a vulgar curiosity) became involved. My absence and the prosaic visits were massive enough to distort the true nature of my work. My faithful disciples accepted the influx of tourists for profit (entry was charged) that, at least, paid the many expenses that maintaining our beloved initiatory park required (a picture of me with open arms, alpha in one hand and omega and in the other - as if I'm releasing doves from a high-diving board - prevailed as the central image of merchandising).

To Flavio and Monique and the innermost circle of students, despite the pain, my departure was not a fateful fact. They did not say it was a fulminant heart attack, nor misfortune, nor failure. On the contrary, my death confirmed for them the authority and legitimacy of my teaching. That day, as I lay naked and lifeless on the mattress, Victoria Colmenares was (living!) proof of a true enlightenment which involved the deliberate decision to separate - at will - the eternal spirit that animates us from the temporary and perishable meat we occupy.

Other unexpected eyes joined the consideration of my initiatory park neighbouring the River Luján: The art world claimed me. Somewhere between land-art and installation, the work was definitely appreciated by connoisseurs as a work of art and apparently comparable in importance and eccentricity to a Scottish artist who devoted his life to make his garden a romantic evocation of classical antiquity and the passage of time, and to a noble from the Renaissance who, shadow-hearted by the death of his wife, populated the boundaries of his castle with mythological and hallucinatory masses of stone. I had never heard of them while alive and now, forgive me, I have forgotten their names. Anyway, I had no intentions of making a work of art. However, whilst thinking that this assessment could be a misunderstanding, it was hard to deny the unexpected and flattering way it came back to me as an abandoned personal fate. I understand that in Luján, they are making a movie about my life, but with many fictional elements, from what I've been told: my trip as a youth to Europe, for instance, is not ignored, but its description is far from the actual crazy tour which looked more like the voyage of discovery and early epiphany from a drawing by William Blake in the Tate Gallery.

I think I will not be here when they finish the movie. I mean in the place I am now, which I think, is the Sun (in death, one supposedly returns to the reigning planet of your sign). A voice calls my presence by a number that I have in my hand (again, twenty-two), yes, as in the waiting numbers in the bakery or in public offices. They call us for the return (to, as I want to believe, the earth and in a human form). I've already been warned that I should jump and that in the jump I'll forget the last things that I still retain of Victoria Colmenares: The brick tower with the clock, the Old tarotist that decided my fate, the drawings by J.J. Grandville, the colourful Chinese hibiscus; even my name and my park; even the blurred faces of Pete Townshend and Keith Moon.

I know that many will judge everything about the park and its ceremonies and rituals as if it was just a mounted comedy - like many others - performed to get money from the unwary. I do not deny that I became richer, but to accept that it was all a bluff? If you accuse me of fraud, I should admit at least that the farce ended up looking like reality: the leap that I gave from that scaffold and that I'm about to give now from this solar height are not very different, they simply occur on opposite sides of the same door. In view of a tubular structure that resembled the old bridge of La Boca, where I found death in free fall and that eventually became a sanctuary and a place of pilgrimage (there are other post-mortem giggling stories but I do not have time) my dear disciples decided to choose for it an outstanding and unique name. As a tribute and remembrance of my perpetual fondness for word games they assembled together the word ‘sky’ and the word ‘scaffolding’ and formed, I think, a nice name: ‘skyffolding’.

Fabio Kacero